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Cada semana leeremos un cuento o un poema de algún autor hispano.
Te invito a participar de la siguiente manera:
1. Escoge un cuento, poema, o ensayo de la lista de autores que aparece en la columna del lado derecho del blog. Para encontrar un ejemplo, haz clic aquí.
2. Después de leer el material elegido, crea una historia usando las ocho palabras que el grupo ¡ Y qué me cuentas! escogió en clase, o escoge otras ocho palabras de la lectura que quieras practicar. Para encontrar un ejemplo, haz clic aquí.
3. Sube tu historia usando el enlace de comentarios ("comments"). Lo encontrarás al final de cada lectura.
No temas cometer errores en tu historia. Yo estoy aquí para ayudarte. Tan pronto subas tu historia, yo te mandaré mis comentarios.
¿Estás listo? ¡ Adelante!

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Este video muestra el momento en el que los estudiantes de ¡Y qué me cuentas! crean una historia usando ocho palabras extraídas de un cuento previamente leído en clase.

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¡Y qué me cuentas!

Recomendación al Gobierno de México por parte del Consejo Consultivo del Instituto de los Mexicanos en el Exterior (CCIME) durante su XVII reunión ordinaria.

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Tuesday, July 21, 2015

La tienda de los muñecos, de Julio Garmendia

La tienda de los muñecos

Julio Garmendia


No sé cuándo, dónde ni por quién fue escrito el relato titulado “La tienda de muñecos”. Tampoco sé si es simple fantasía o si será el relato de cosas y sucesos reales, como afirma el autor anónimo; pero, en suma, poco importa que sea incierta o verídica la pequeña historieta que se desarrolla en un tenducho. La casualidad pone estas páginas al alcance de mis manos, y yo me apresuro a apoderarme de ellas. Helas aquí:

No tengo suficiente filosofía para remontarme a las especulaciones elevadas del pensamiento. Esto explica mis asuntos banales, y por qué trato ahora de encerrar en breves líneas la historia -si así puede llamarse- de la vieja Tienda de Muñecos de mi abuelo que después pasó a manos de mi padrino, y de las de éste a las mías. A mis ojos posee esta tienda el encanto de los recuerdos de familia; y así como otros conservan los retratos de sus antepasados, a mí me basta, para acordarme de los míos, pasear la mirada por los estantes donde están alineados los viejos muñecos, con los cuales nunca jugué. Desde pequeño se me acostumbró a mirarlos con seriedad. Mi abuelo, y después mi padrino, solían decir, refiriéndose a ellos:

-¡Les debemos la vida!

Saturday, July 4, 2015

"La isla a mediodía" Julio Cortazar

La isla a mediodía

Julio Cortazar

La primera vez que vio la isla, Marini estaba cortésmente inclinado sobre los asientos de la izquierda, ajustando la mesa de plástico antes de instalar la bandeja del almuerzo. La pasajera lo había mirado varias veces mientras él iba y venía con revistas o vasos de whisky; Marini se demoraba ajustando la mesa, preguntándose aburridamente si valdría la pena responder a la mirada insistente de la pasajera, una americana de las muchas, cuando en el óvalo azul de la ventanilla entró el litoral de la isla, la franja dorada de la playa, las colinas que subían hacia la meseta desolada. Corrigiendo la posición defectuosa del vaso de cerveza, Marini sonrió a la pasajera. «Las islas griegas», dijo. «Oh, yes, Greece», repuso la americana con un falso interés. Sonaba brevemente un timbre y el steward se enderezó sin que la sonrisa profesional se borrara de su boca de labios finos. Empezó a ocuparse de un matrimonio sirio que quería jugo de tomate, pero en la cola del avión se concedió unos segundos para mirar otra vez hacia abajo; la isla era pequeña y solitaria, y el Egeo la rodeaba con un intenso azul que exaltaba la orla de un blanco deslumbrante y como petrificado, que allá abajo sería espuma rompiendo en los arrecifes y las caletas. Marini vio que las playas desiertas corrían hacia el norte y el oeste, lo demás era la montaña entrando a pique en el mar. Una isla rocosa y desierta, aunque la mancha plomiza cerca de la playa del norte podía ser una casa, quizá un grupo de casas primitivas. Empezó a abrir la lata de jugo, y al enderezarse la isla se borró de la ventanilla; no quedó más que el mar, un verde horizonte interminable. Miró su reloj pulsera sin saber por qué; era exactamente mediodía.

Saturday, June 20, 2015

"La carta" de José Luis González

La Carta

José Luis González

(República Dominicana, 1926 - México, 1997)


“San Juan, Puerto Rico 8 de marso de 1947

Qerida bieja:

Como yo le desia antes de venirme, aqui las cosas me van vién. Desde que llegé enseguida incontré trabajo. Me pagan 8 pesos la semana y con eso bivo igual que el alministrador de la central allá.

La ropa aquella que quedé de mandale, no la he podido comprar pues qiero buscarla en una de las tiendas mejóres. Dígale a Petra que cuando valla por casa le boy a llevar un regalito al nene de ella.

Boy a ver si me saco un retrato un dia de estos para mandarselo a uste, mamá.

El otro dia vi a Felo el ijo de la comai Maria. El también está travajando pero gana menos que yo. Es que yo e tenido suerte.

Bueno, recueldese de escrivirme y contarme todo lo que pasa por alla.

Su ijo que la qiere y le pide la bendision,

Juan”

Después de firmar, dobló cuidadosamente el papel arrugado y lleno de borrones y se lo guardó en un bolsillo del pantalón. Caminó hasta la estación de correos más cercana, y al llegar se echó la gorra raída sobre la frente y se acuclilló en el umbral de una de las puertas. Contrajo la mano izquierda, fingiéndose manco, y extendió la derecha abierta.

Cuando reunió los cinco centavos necesarios, compró el sobre y la estampilla y despachó la carta.

El hombre en la calle (1948)

Thursday, June 18, 2015

"El ausente" de José Luis González

El ausente

José Luis González
(República Dominicana, 1926 - México, 1997)


Muchos en el lugar lo recordaban. Y eso que hacía diez años que nadie lo veía. Diez largos años en los que doña Casiana había mantenido vivo, a fuerza de lágrimas, el recuerdo del hijo ausente.
Siempre pareció que el muchacho iba a darse bueno. A los once años dejó la escuela para ayudar al padre en las talas. El hombre iba delante, tras el arado y los bueyes lentos, viejos ya. El muchacho lo seguía, depositando la siemiente en la húmeda desgarradura de los surcos.
Pero un día —“cosas que hace el diablo”— se fue a pescar camarones a la quebrada y se olvidó del trabajo. El padre lo aguardó con una soga doblada en tres. La zurra fue de las que no se olvidan.
Aquella misma noche, mientras los demáas dormían, los pies descalzos de Marcial hollaron con rencorosa determinación el polvo todavía caliente del camino real. La madrugada lo sorprendió en la carretera.

Wednesday, June 17, 2015

"Los amos" de Juan Bosch


Los amos

Juan Bosch
(República Dominicana, 1909-2001)

Cuando ya Cristino no servía ni para ordeñar una vaca, don Pío lo llamó y le dijo que iba a hacerle un regalo.
—Le voy a dar medio peso para el camino. Usté está muy mal y no puede seguir trabajando. Si se mejora, vuelva.
Cristino extendió una mano amarilla, que le temblaba.
—Mucha gracia, don. Quisiera coger el camino ya, pero tengo calentura.
—Puede quedarse aquí esta noche, si quiere, y hasta hacerse una tisana de cabrita. Eso es bueno.
Cristino se había quitado el sombrero, y el pelo abundante, largo y negro le caía sobre el Descueza La barba escasa parecía ensuciarle el rostro, de pómulos salientes.
—Ta bien, don Pío —dijo; que Dio se lo pague.
Bajó lentamente los escalones, mientras se cubría de nuevo la cabeza con el viejo sombrero de fieltro negro. Al llegar al último escalón se detuvo un rato y se puso a mirar las vacas y los crios.
—Qué animao ta el becerrito —comentó en voz baja.
Se trataba de uno que él había curado días antes. Había tenido gusanos en el ombligo y ahora correteaba y saltaba alegremente.

Tuesday, June 16, 2015

"Nos han dado la tierra" de Juan Rulfo

Nos han dado la tierra
Juan Rulfo
(México, 1918-1986)

(El llano en llamas, 1953)

Después de tantas horas de caminar sin encontrar ni una sombra de árbol, ni una semilla de árbol, ni una raíz de nada, se oye el ladrar de los perros.
Uno ha creído a veces, en medio de este camino sin orillas, que nada habría después; que no se podría encontrar nada al otro lado, al final de esta llanura rajada de grietas y de arroyos secos. Pero si, hay algo. Hay un pueblo. Se oye que ladran los perros y se siente en el aire el olor del humo, y se saborea ese olor de la gente como si fuera una esperanza.
Pero el pueblo está todavía muy allá. Es el viento el que lo acerca.
Hemos venido caminando desde el amanecer. Ahorita son algo así como las cuatro de la tarde. Alguien se asoma al cielo, estira los ojos hacia donde está colgado el sol y dice:
—Son como las cuatro de la tarde.
Ese alguien es Melitón. Junto con él, vamos Faustino, Esteban y yo. Somos cuatro. Yo los cuento: dos adelante, otros dos atrás. Miro más atrás y no veo a nadie. Entonces me digo: "Somos cuatro." Hace rato, como a eso de las once, éramos veintitantos; pero puñito a puñito se han ido desperdigando hasta quedar nada más este nudo que somos nosotros.

Monday, June 15, 2015

Tlactocatzine, el jardin de Flandes


Tlactocatzine, del jardín de Flandes 

Carlos Fuentes

Cuentos sobrenaturales

19 Sept. ¡El licenciado Brambila tiene cada idea! Ahora acaba de comprar esa vieja mansión del Puente de Alvarado, suntuosa pero inservible, construida en tiempos de la Intervención Francesa. Naturalmente, supuse que se trataba de una de tantas operaciones del licenciado, y que su propósito, como en otra ocasión, sería el de demoler la casa y vender el terreno a buen precio, o en todo caso construir allí un edificio para oficinas y comercios. Esto, como digo, creía yo entonces. No fue poca mi sorpresa cuando el licenciado me comunicó sus intenciones: la casa, con su maravilloso parquet, sus brillantes candiles, serviría para dar fiestas y hospedar a sus colegas norteamericanos —historia, folklore, elegancia reunidos—. Yo debería pasarme a vivir algún tiempo a la mansión, pues Brambila, tan bien impresionado por todo lo demás, sentía cierta falta de calor humano en esas piezas, de hecho deshabitadas desde 1910, cuando la familia huyó a Francia. Atendida por un matrimonio de criados que vivían en la azotea, mantenida limpia y brillante —aunque sin más mobiliario que un magnífico Pleyel en la sala durante cuarenta años—, se respiraba en ella (añadió el licenciado Brambila) un frío muy especial, notoriamente intenso con relación al que se sentiría en la calle.

Monday, May 11, 2015

"El regreso", de Emilio Díaz Valcárcel


EL REGRESO

Emilio Díaz Valcárcel

Se detuvo frente al balconcito sin saber qué hacer. Miró por un instante el viejo sillón de mimbre, la escalera de tablas carcomidas, las puertas cerradas y pegadas a la faz de la casa como dos ojos enormes. Se quedó inmóvil, la mirada perpleja, en el mismo momento en que una patrulla de recuerdos lo asaltaba. Debe de estar en el rosario, dijo, y se volvió para ver si lo habían escuchado. Pero sólo un perro vagabundo cruzaba la callejuela solitaria, veteándose de luz al pasar bajo las bombillas que se encarnizaban contra la noche. Volvió a contemplar el balcón destartalado, el viejo sillón de mimbre, rechazando un recuerdo. (El cuarto femenino, el olor a cold cream, el suave y voluptuoso olor a cold cream que él siempre llevó dentro aun sin tener que percibirlo con los sentidos; el cuarto femenino en penumbras, las piernas blancas, la mano sobre la redonda rodilla, la madre ausen­te. . . ¿Cuánto tiempo hacía? ¿Cuándo? ) “Todavía no”, le había dicho Catalina. “Cuando vuelvas seré tuya.”
El hombre se llevó las manos a la frente, donde comen­zaban a destellar diminutas gotas. ¿Por qué tengo que volver a esto?, se dijo.

Sunday, May 10, 2015

El Asedio, de Emilio Díaz Valcárcel



EL ASEDIO
Emilio Díaz Valcárcel

Una familia normal y feliz, pensó apoyada sobre el vo­lante. Un padre gordo y de apariencia próspera, recién afei­tado, una bella pareja de niños, y una madre que alcanza ya los treinta años, mofletuda, satisfecha como toda mujer que siente colmados sus instintos cardinales.
Sintió subírsele a la garganta el confuso sentimiento de ilegitimidad que permanecía anclado en ominoso acecho en el fondo de su espíritu. Un espíritu contrahecho, pensó, regocijándose en su propio flagelo. O tal vez el espíritu esté intacto, murmuró agarrándose a una posible reconciliación consigo misma. Pero ningún alivio provino de este pensa­miento. Y, sin saber por qué, tiró molesta de su falda hacia abajo, como si con ello cortara el torturante fluir de pen­samientos que había comenzado justamente cuando ella detuvo el automóvil frente al edificio de departamentos. La falda, que delataba unas caderas secas, no era lo suficiente­mente larga para cubrir las rodillas nudosas, casi masculinas.

Friday, May 8, 2015

Nadie encendía las lámparas, de Felisberto Hernández

Nadie encendía las lámparas
Nadie encendía las láparas
Buenos Aires: Sudamericana, 1947

Felisberto Hernández
Uruguay

Hace mucho tiempo leía yo un cuento en una sala antigua. Al principio entraba por una de las persianas un poco de sol. Después se iba echando lentamente encima de algunas personas hasta alcanzar una mesa que tenía retratos de muertos queridos. A mí me costaba sacar las palabras del cuerpo como de un instrumento de fuelles rotos. En las primeras sillas estaban dos viudas dueñas de casa; tenían mucha edad, pero todavía les abultaba bastante el pelo de los moños. Yo leía con desgano y levantaba a menudo la cabeza del papel; pero tenía que cuidar de no mirar siempre a una misma persona; ya mis ojos se habían acostumbrado a ir a cada momento a la región pálida que quedaba entre el vestido y el moño de una de las viudas. Era una cara quieta que todavía seguiría recordando por algún tiempo un mismo pasado. En algunos instantes sus ojos parecían vidrios ahumados detrás de los cuales no había nadie. De pronto yo pensaba en la importancia de algunos concurrentes y me esforzaba por entrar en la vida del cuento. Una de las veces que me distraje vi a través de las persianas moverse palomas encima de una estatua. Después vi, en el fondo de la sala, una mujer joven que había recostado la cabeza contra la pared; su melena ondulada estaba muy esparcida y yo pasaba los ojos por ella como si viera una planta que hubiera crecido contra el muro de una casa abandonada. A mí me daba pereza tener que comprender de nuevo aquel cuento y transmitir su significado; pero a veces las palabras solas y la costumbre de decirlas producían efecto sin que yo interviniera y me sorprendía la risa de los oyentes. Ya había vuelto a pasar los ojos por la cabeza que estaba recostada en la pared y pensé que la mujer acaso se hubiera dado cuenta; entonces, para no ser indiscreto, miré hacia la estatua. Aunque seguía leyendo, pensaba en la inocencia con que la estatua tenía que representar un personaje que ella misma no comprendería. Tal vez ella se entendería mejor con las palomas: parecía consentir que ellas dieran vueltas en su cabeza y se posaran en el cilindro que el personaje tenía recostado al cuerpo. De pronto me encontré con que había vuelto a mirar la cabeza que estaba recostada contra la pared y que en ese instante ella había cerrado los ojos. Después hice el esfuerzo de recordar el entusiasmo que yo tenía las primeras veces que había leído aquel cuento; en él había una mujer que todos los días iba a un puente con la esperanza de poder suicidarse. Pero todos los días surgían obstáculos. Mis oyentes se rieron cuando en una de las noches alguien le hizo una proposición y la mujer, asustada, se había ido corriendo para su casa.

Thursday, April 9, 2015

El monstruo de Vicente Blasco Ibañez


Para leer El monstruo de Vicente Blasco Ibañez haga clic aquí


"El siniestro" por el grupo de alumnos de ¡Y qué me cuentas! en Austin, Texas.

Austin “¿Y qué me cuentas?” 11 de febrero de 2015




K Falls


¡Hola Ramón!

La semana pasada disfrutimos el cuento “Fragmentos del libro invisible” pero era tan largo que no nos quedaba tiempo para escribir nuestro propio cuento. Pero hace dos semanas sí pudimos hacer el ejercicio de las 8 palabras después de leer la transcipción de “Somos fabricantes,” una entrevista de Radio Ambulante. (Radioambulante.org) Trata sobre dos hermanos en un pequeño pueblo de Argentina que decidieron construir un avión de las partes rústicas que pudieran encontrar. Ya no encuentro la transcripción en línea pero creo que se lo puede escuchar en el sitio. He aquí el cuento que escribimos:

Las 8 palabras
pedazo
aterrizar
despoblado
potrero
eléctrica
taller
despegar
inventos

Nuestro cuento:

El siniestro


El avión iba a aterrizar en un potrero totalmente despoblado, cuando de repente falló el sistema eléctrico. Ninguno de los inventos modernos del panel de control pudo mantener al avión a flote.


Cuando cayó del cielo un pedazo del ala se rompió. El avión chocó con el taller mecánico. Dijo el piloto– Ojalá ese condenado avión nunca hubiese despegado.–
¡Que suerte!


***********

Pues, nos divertimos mucho al escribir juntos. Gracias, tambien, por subir el capítulo de La caverna que pensamos leer esta semana. No sé si vamos a leer todo el libro en el grupo, pero yo lo estoy leyendo y ¡estoy esperando ansiosa saber el secreto que el alfarero Cipriano va a descubrir en el sótano de “El Centro!”


Pues, que todos allá se cuiden de la tormenta y del frío; aquí estamos pensando en ustedes.
Gracias otra vez y
¡Saludos!

Keatha

"Nupcias" de Antonio Skármeta

Nupcias
Antonio Skármeta
(Antofagasta, Chile, 1940 -)

Hacía mucho calor en el tren subterráneo, y el joven, ubicado bajo el único ventilador que funcionaba, había cruzado los brazos tras la cintura y simulaba estar leyendo un cartón comercial. la muchacha, incrédula, sólo después de un prolongado momento se animó a hablar.
—devuélvame el zapato —dijo en voz baja.
El joven le concedió una veloz ojeada, frunció el. entrecejo, abrió las piernas para conservar la estabilidad, y muy circunspecto volvió a su lectura.
Por favor —dijo la muchacha un poco más fuerte— tenga la bondad de devolverme el zapato.
Es realmente una belleza —pensó el joven—. si me habla una vez más entreabriendo esos labios, enterraré mis dedos en su pelo, le remeceré la cabeza, la ‘besaré y dormiré’—una siesta apoyado en sus senos. ¿Qué zapato?
—¿Cómo que qué zapato? ¡mi zapato! ¿qué se ha imaginado?
“Dios me asista, pensó, O la soledad me ha desquiciado y estoy delirando, o estoy realmente enamorado—, de esta mujer.”

Wednesday, April 8, 2015

" A partir de esta noche" de Bonaparte Gautreaux Piñeyro

A partir de esta noche

Bonaparte Gautreaux Piñeyro
(Sabana de Chavón, La Romana, 1937-)



Todas las noches eran iguales para María. Y aunque cada día se preguntaba lo mismo y tomaba decisiones para ejecución inmediata, todas las noches eran iguales, exactamente iguales a la anterior. María desvelada, Juan que no llegaba, María que pensaba decir y hablar y mal­decir y revisar la vida que llevaban y las cosas de Juan y el niño que iba a nacer y el futuro y el trabajo y todas las noches el silencio de sus brazos amorosos suspiraba a la llegada del hombre.
Y el “oh Juan, hasta cuándo” se confundía con el torrente de palabras que sólo entiende cada enamorado junto a las frases que no se pronuncian.
“Esta noche cuando llegue se lo voy a decir. No po­demos continuar en esta forma. Cada vez que sale me dice sonriente: “vengo temprano. Tengo una reunión importante”. Al comienzo me gustaban sus salidas por­que a veces venían a visitarme algunas amigas que me hacían pasar el tiempo entre los recuerdos y los chismes. Y pasábamos con facilidad de las modas a los niños y de los niños a los comentarios que circulaban en el pueblo sobre la mujer del médico y el síndico. Y de que si esto a que si lo otro, la espera por Juan era menor... Ahora, con el asunto del embarazo parece no darse cuenta de mi estado nervioso. No puedo explicarme cómo para unas cosas es tan inteligente y para otras es totalmente ciego. Quizá por eso lo quiero tanto. Es como un niño grande que necesita mi protección.

Tuesday, April 7, 2015

"El testigo" de Bonaparte Gautreaux Piñeyro

El Testigo

Bonaparte Gautreaux Piñeyro
(1937–)

Hermano, perdóname que me haya dilatado tanto para poder contarte que lo vi todo, todo, todito, que vi cómo te mataron y ahora con el tiempo es cuando vengo a hacerte el cuento. Pero tú sabes cómo soy. Además, entonces era un muchacho y los grandes nos ponían poca atención... Pues sí, llegué temprano porque todo se sabe y en el pueblo se comentó. Y si llegaba cuando estuvieran ellos y tú y toda la gente, se darían cuenta de mi presencia y a lo mejor surgían problemas. Por eso llegué tempranito. Sobre las aguas de las Dos Bocas había una nube blanco-gris que se partió con el primer rayo de sol. Además, yo me estaba sobre la yerba. entre los matorrales y me entretenía mirando hacia el camino. Así fue. Esperando tu llegada. Tu llegada y la de ellos. El camino se llenaba de luz mientras despertaban el río y el monte y los pájaros y yo miraba hacia allá, hacia el lugar por el cual más tarde te vería llegar. Pero no quiero adelantarme porque después me preguntarás por ésto o por lo otro y tú sabes cómo somos en la familia, que comenzamos hablando de una cosa y acabamos hablando de otra sin haber terminado la primera.

Monday, April 6, 2015

Sunday, April 5, 2015

Monday, March 23, 2015

"En busa de un retrato" de Días Mas Paloma


En busca de un retrato

Díaz Mas Paloma 
(España)

Las baldosas coloradas de la entrada cuidadosamente bruñidas con cera, la deslumbrante escalerita de claraboya convertida en invernadero para unas plantas casi amenazadoras de puro rozagantes, la casa de largo pasillo y barnizadas maderas, con los montantes de las puertas coquetamente encortinados de una cretona de florecitas muy limpia y muy planchada.

El comedor de nobles muebles de viejo roble, con su suntuosa cancela modernista –lotos rosas y nenúfares azules de pétalos traslúcidos y esmerilados, entre retorcidos pámpanos de un verde botella– que daba a la azotea. Y en ella, de nuevo las baldosas tan brillantes que parecían pintadas con aceite y bajo el sol azaleas, petunias, alegrías, pendientes de la reina, gitanillas, geráneos, cóleos morados. Y en la sombra helecho, hiedra enana, cintas y esa planta que nosotros llamamos amor de hombre, pero que en inglés es judío errante y en francés miseria. Y en un rincón los cactus, milagrosamente floridos, y las plantas de olor: la hierbabuena, el sándalo y la albahaca.

Pero sobre todo la cocina: una cocina antigua y grande, de azulejos blancos y armarios de pino pintados de blanco, y blancas cortinas en la ventana y una pila de mármol blanco en la que la abuela María lavaba –montañas de espuma blanca– la blanca loza, para secarla después con un suave paño de algodón blanco. Fuera, sobre las cumbres de las montañas circundantes, muchas veces nevaba.