INSTRUCCIONES PARA PARTICIPAR EN ESTE BLOG
Cada semana leeremos un cuento o un poema de algún autor hispano.
Te invito a participar de la siguiente manera:
1. Escoge un cuento, poema, o ensayo de la lista de autores que aparece en la columna del lado derecho del blog. Para encontrar un ejemplo, haz clic aquí.
2. Después de leer el material elegido, crea una historia usando las ocho palabras que el grupo ¡ Y qué me cuentas! escogió en clase, o escoge otras ocho palabras de la lectura que quieras practicar. Para encontrar un ejemplo, haz clic aquí.
3. Sube tu historia usando el enlace de comentarios ("comments"). Lo encontrarás al final de cada lectura.
No temas cometer errores en tu historia. Yo estoy aquí para ayudarte. Tan pronto subas tu historia, yo te mandaré mis comentarios.
¿Estás listo? ¡ Adelante!

Escuchen los ipods de ¡Y qué me cuentas!

Este video muestra el momento en el que los estudiantes de ¡Y qué me cuentas! crean una historia usando ocho palabras extraídas de un cuento previamente leído en clase.

Comparte este blog con tus amigos

Promover y difundir el blog

¡Y qué me cuentas!

Recomendación al Gobierno de México por parte del Consejo Consultivo del Instituto de los Mexicanos en el Exterior (CCIME) durante su XVII reunión ordinaria.

Haga clic aquí para ver el texto completo

¿Por qué aprender, mantener o mejorar el idioma español?

• 500 millones de personas hablan español en el mundo
• 48 millones de personas hablan español en Estados Unidos
• El español es el idioma oficial en 21 paises
• El español es el segundo idioma más estudiado a nivel mundial
• El español es el tercer idioma más utilizado en internet

Buscador

Search for books in Spanish

Escribe tu correo electrónico para que recibas las actualizaciones del blog.

Si te gusta el blog, ¡Y qué me cuentas! ayúdame a seguir mejorándolo. Dona un dólar o más!

Monday, March 23, 2015

"En busa de un retrato" de Días Mas Paloma


En busca de un retrato

Díaz Mas Paloma 
(España)

Las baldosas coloradas de la entrada cuidadosamente bruñidas con cera, la deslumbrante escalerita de claraboya convertida en invernadero para unas plantas casi amenazadoras de puro rozagantes, la casa de largo pasillo y barnizadas maderas, con los montantes de las puertas coquetamente encortinados de una cretona de florecitas muy limpia y muy planchada.

El comedor de nobles muebles de viejo roble, con su suntuosa cancela modernista –lotos rosas y nenúfares azules de pétalos traslúcidos y esmerilados, entre retorcidos pámpanos de un verde botella– que daba a la azotea. Y en ella, de nuevo las baldosas tan brillantes que parecían pintadas con aceite y bajo el sol azaleas, petunias, alegrías, pendientes de la reina, gitanillas, geráneos, cóleos morados. Y en la sombra helecho, hiedra enana, cintas y esa planta que nosotros llamamos amor de hombre, pero que en inglés es judío errante y en francés miseria. Y en un rincón los cactus, milagrosamente floridos, y las plantas de olor: la hierbabuena, el sándalo y la albahaca.

Pero sobre todo la cocina: una cocina antigua y grande, de azulejos blancos y armarios de pino pintados de blanco, y blancas cortinas en la ventana y una pila de mármol blanco en la que la abuela María lavaba –montañas de espuma blanca– la blanca loza, para secarla después con un suave paño de algodón blanco. Fuera, sobre las cumbres de las montañas circundantes, muchas veces nevaba.

Friday, March 6, 2015

El sonámbulo de Bonaparte Gautreaux Piñeyro


El Sonámbulo

Bonaparte Gautreaux Piñeyro

Rodríguez descubrió su vocación el día en que lo trasladaron para el Servicio Secreto. Había trabajado en distintos departamentos y todos estuvieron satisfechos con su labor. No había quejas. Siempre cumplía las ór­denes tal como se las daban. Y por eso ascendió hasta segundo teniente. Y aunque nunca había sido oficial de inteligencia, en el fondo todos los hombres cabían den­tro del juego de policías y bandidos, un juego que du­rante años hizo correr a los muchachos entre los patios del vecindario v más allá. Pero como le sucedía de mu­chacho, volvieron a darle pesadillas en las noches, y no se preocupaba. No se preocupaba a pesar de que su mujer le decía que fuera al médico, y no iba al médico por falta de tiempo, porque estaba soñando despierto. Parecía un sueño de niño convertido en realidad. Ahora era algo así como un hombre misterioso. Como un ser que tenía una doble vida. La vida que se veía y la vida que se vivía pero no se comentaba, no se mencionaba nunca. Ni en la casa, ni con los amigos. Era una Sub-vida. Una vida misteriosa, clandestina, vivida pero no evocada. Era un trabajo incitante, pero no era como cuando Rodríguez estaba en el Departamento de Tránsito que le po­día contar a su mujer por qué le puso una multa a un conductor, o cuál de las luces era la que tenía mala el vehículo de un amigo suyo. 0 esas tonterías que cuentan los maridos a sus mujeres al regresar del trabajo. No. Rodríguez no podía darse el lujo. Porque en la puerta del Servicio de Inteligencia Militar había un letrero que decía: “Lo que usted ve u oye aquí no lo repita”.

Thursday, March 5, 2015

"Miss Amnesia" de Mario Benedetti


Miss Amnesia

Mario Benedetti

La muchacha abrió los ojos y se sintió apabullada por su propio desconcierto. No recordaba nada. Ni su nombre, ni su edad, ni sus señas. Vio que su falda era marrón y que la blusa era crema. No tenía car­tera. Su reloj pulsera marcaba las cuatro y cuarto. Sintió que su lengua estaba pastosa y que las sienes le palpitaban. Miró sus manos y vio que las uñas tenían un esmalte transparente. Estaba sentada en el banco de una plaza con arboles, una plaza que en el centro tenía una fuente vieja, con angelitos, y algo así como tres platos paralelos. Le pareció horrible. Desde su banco veía comercios, grandes letre­ros. Pudo leer: Nogaró, Cine Club, Porley Muebles, Marcha, Partido Nacional. Junto a su pie izquierdo vio un trozo de espejo, en forma de triángulo. Lo recogió. Fue consciente do una enfermiza curiosidad cuando se enfrentó a aquel rostro que era el suyo. Fue como si lo viera por primera vez. No le trajo ningún recuerdo. Trató de calcular su edad. Tendré dieciséis o diecisiete años, pensó. Curiosamente, re­cordaba los nombres de las cosas (sabía que esto era un banco, eso una columna, aquello una fuente, aquello otro un letrero), pero no podía situarse a sí misma en un lugar y en un tiempo. Volvió a pensar, esta vez en voz alta: “Sí debo tener dieciséis o diecisiete”, sólo para confirmar que era una frase en español. Se preguntó si además hablaría otro idioma. Nada. No recordaba nada. Sin embargo, experimen­taba una sensación de alivio, de serenidad, casi de inocencia. Estaba asombrada, claro, pero el asombre no le producía desagrado. Tenía la confusa impre­sión de que esto era mejor que cualquier otra cosa, corno si a sus espaldas quedara algo abyecto, algo horrible. Sobre su cabeza el verde de los árboles tenía dos tonos, y el ciclo casi no se veía. Las palo­mas se acercaron a ella, pero en seguida se retiraron, defraudadas. En realidad, no tenía nada para darles. Un mundo de gente pasaba junto al banco, sin pres­tarle atención. Sólo algún muchacho la miraba. Ella estaba dispuesta a dialogar, incluso lo deseaba, pero aquellos volubles con templadores siempre terminaban por vencer su vacilación y seguían su camino. En­tonces alguien se separó de la corriente. Era un hom­bre cincuentón, bien vestido, peinado impecablemen­te, con alfiler de corbata y portafolio negro. Ella intuyó que le iba a hablar. ¿Me habrá reconocido? pensó. Y tuvo miedo de que aquel individuo la in­trodujera nuevamente en su pasado. Se sentía tan feliz en su confortable olvido. Pero el hombre sim­plemente vino y preguntó: “¿Le sucede algo, señorita?” Ella lo contempló largamente. La cara del tipo le ínspiró confianza. En realidad, todo le inspiraba con­fianza. “Hace un rato abrí los ojos en esta plaza y no recuerdo nada, nada de lo de antes.” Tuvo la im­presión de que no eran necesarias más palabras. Se dio cuenta de su propia sonrisa cuando vio que el hombre también sonreía. Él le tendió la mano. Dijo: “Mi nombre es Roldán, Félix Roldán”. “Yo no sé mi nombre”, dijo ella, pero estrechó la mano. “No importa. Usted no puede quedarse aquí. Venga con­migo. ¿Quiere?” Claro que quería. Cuando se incor­poró, miró hacia las palomas que otra vez la rodea­ban, y reflexionó: Qué suerte, soy alta. El hombre llamado Roldán la tomó suavemente del codo, y le propuso un rumbo. “Es cerca”, dijo. ¿Qué sería lo cer­ca? No importaba. La muchacha se sentía como una turista. Nada le era extraño y sin embargo no podía reconocer ningún detalle. Espontáneamente, enlazó su brazo débil con aquel brazo fuerte. El traje era sua­ve, de una tela peinada, seguramente costosa. Miró hacia arriba (el hombre era alto) y le sonrió. Él también sonrió, aunque esta vez separó un poco los labios. La muchacha alcanzó a ver un diente de oro. No preguntó por el nombre de la ciudad. Fue él quien le instruyó: “Montevideo”. La palabra cayó en un hondo vacío. Nada. Absolutamente nada. Ahora iban por una calle angosta, con baldosas levantadas y obras en construcción. Los autobuses pasaban junto al cordón y a veces provocaban salpicaduras de un agua barrosa. Ella pasó la mano por sus piernas para limpiarse unas gotas oscuras. Entonces vio que no tenía medías. Se acordó de la palabra medias. Miró hacia arriba y encontró unos balcones viejos, con ro­pa tendida y un hombre en pijama. Decidió que le gustaba la ciudad.

Wednesday, March 4, 2015

"Recuerdos de una piel" de Antonio Benítez Rojo


Recuerdos de una piel

Antonio Benítez Rojo

Máximo sospecha que hay algo raro en la casa y la registra a diario, pero, como todas las noches de este invierno tan caluroso, ha puesto el aire en el ocho sin reparar en Mariana. Es curioso observar a Máximo atreverse con los aparatos dei estudio (sobre todo con el estereofónico); olvida la amplia trivialidad de sus gestos usuales y -muy serio- se aplica a los con­troles como si zurciera medias. Esta noche he exa­minado su pregunta sobre los discos que voy a poner, y para contentar su oreja negra al otro lado de la puerta, he reemplazado a Miles Davis por Benny Moré; y triunfal en la concesión a sus servicios, ha salido son­riendo bajo el marco gris, un poco salvajemente, y me ha dejado solo con Mariana. Mariana en el estudio, bien disimulada tras la cortina de ojos anaranjados.

Tuesday, March 3, 2015

"Por las azoteas" de Julio Ramón Ribeyro

Por las azoteas

Julio Ramón Ribeyro

A los diez años yo era el monarca de las azoteas y gobernaba pacíficamente mi reino de objetos destruidos.

Las azoteas eran los recintos aéreos donde las personas mayores enviaban las cosas que no servían para nada: se encontraban allí sillas cojas, colchones despanzurrados, maceteros rajados, cocinas de carbón, muchos otros objetos que llevaban una vida purgativa, a medio camino entre el uso póstumo y el olvido. Entre todos estos trastos yo erraba omnipotente, ejerciendo la potestad que me fue negada en los bajos. Podía ahora pintar bigotes en el retrato del abuelo, calzar las viejas botas paternales o blandir como una jabalina la escoba que perdió su paja. Nada me estaba vedado: podía construir y destruir y con la misma libertad con que insuflaba vida a las pelotas de jebe reventadas, presidía la ejecución capital de los maniquíes.

Friday, February 13, 2015

La caverna, de José Saramago

Los felicito por decidir leer "La Caverna" de José Saramago en su traducción al español.
Hagan clic aquí para acceder al primer capítulo.




Monday, February 9, 2015

"Fragmentos del Libro Invisible" de Silvina Ocampo

Fragmentos del Libro Invisible (Silvina Ocampo)

Cerca de las ruinas de Tegulet, en la Ciudad de los Lobos, antes de mi nacimiento, hablé. Mi madre, encinta de ocho meses, me oyó decir una noche: "Madre, quiero nacer en Debra Berham (Montaña de Luz). Llévame, pues allí podrás ser la madre de un pequeño profeta, y yo el hijo de esa madre. Cumpliendo mis órdenes te aseguras un cielo benévolo".

De mi discurso prenatal conservo un recuerdo vago envuelto en brumas; una festividad de flores y de cánticos, a medida que pasa el tiempo lo alegra. El viaje era largo y peligroso, pero mi madre, que era ambiciosa, pintó sus ojos, untó de manteca su pelo, elevó su peinado como una colmena, y con todas sus pulseras –que le servían por las mañanas de espejos–, los pies desnudos y su mejor vestido, obedeció a mi voz. El sol del verano como una enorme hoguera abrasaba a los hombres. Ella lo atravesó sin perecer porque me amaba.

Los relatos de mi madre, que guardaba como una reliquia, el vestido hecho jirones por el viaje (además de una fiebre palúdica y una erupción en forma de rosas, sobre la dorada oscuridad de su piel), exigían mis explicaciones: "No fue por vanidad que te ordené un viaje tan penoso. Si no me hubieras oído hablar en tu seno antes de nacer, si no hubieras acudido a Debra Berham, no hubieras sido mi madre: esto molestaba a tu alma y no a mi soberbia.

Tuesday, January 20, 2015

"Como siempre" de Mario Benedetti


Como siempre

Mario Benedetti

1.

A María Luisa no le agradaba que la interrumpieran. Por lo demás, a nadie le agradaba interrumpirla. Sin embargo, cuando esta vez descendió a referirse a «esa tonta de Clara», y, empuñando el cigarrillo como una batuta, quiso comentar con grosería sutil y llevadera, el apasionamiento con que aquélla defendía su tranquilidad, Roberto no pudo contenerse.

-No la imagino a Clara apasionada -dijo-. Por lo general, los que defienden su tranquilidad, son los que están lejos de su propia furia. Ya sé, no estás de acuerdo. Pero yo considero que si existe un reducto feliz sobre la tierra, no debe ser de los inquietos.

-Oh, querido, naturalmente... Cuanto más lejos de la tormenta, mejor. Se aprecia el espectáculo sin abrir el paraguas. Nunca saldrás de ese centro tranquilo, a menos que halles la bomba debajo de tu silla.

Aún sobrevivía en María Luisa un rito adolescente. Siempre que reaccionaba como ahora, recurría a imágenes de alguna estridencia, hechas para una acústica más que familiar. Allí, sin embargo, donde las paredes merecían sus libros, donde los pocos cuadros no eran cansadores y uno podía, sumergiéndose en los tímidos sillones, quedarse del otro lado del bullicio, esas palabras se tornaban gritos, y todos -mobiliario y personas- se miraban con un poco de pánico.

Monday, January 19, 2015

"Chinina Migone" de Rosa Chacel

Chinina Migone

Rosa Chacel
Tomado de : http://bvh-textos.blogspot.com/2010/12/chinina-migone-cuento-rosa-chacel.html

Recuerdo que al entrar en la sala, creí sentir que salía. Pero precisamente como esos días de ambiente tan cargado en que se sale a la calle y parece que se entra en algún sitio. Lo que noté fue, sin duda, que algo estaba allí trastornado, que algo alteraba y deprimía la atmósfera de modo insufrible. Yo entraba de puntillas, prevenido de antemano; ya en el vestíbulo me impusieron los chist... chist. Miraba porque, viendo, mi curiosidad esperaba satisfacerme; pero no vi más que un círculo silencioso rodeando al piano, negro lago donde Chinina, cisne, navegaba. Y no era esto suficiente explicación para lo que sentía. No era lo que se veía, sino algo difundido allí que se respiraba. El «aria» que escapaba de sus labios sobre todas las cabezas. El «aria» que secaba las bocas, que doblaba los cuellos de las mujeres al ser expirada por ella en su canto. El límpido clima musical que creara el preludio era entonces oprimido, sacudido por el soplo de aquel «aria». Se sentía a través de las notas, como en la voz del órgano el lento henchirse de su pulmón, que su garganta sorbía nuestra atmósfera hasta asfixiarnos, y después, cuando volvía de ella, llegaba ardiendo de allí donde se estaba fraguando la tormenta. Pasaba a veces, húmeda esperanza, un ligero olor de lágrimas; lo borraba un suspiro, tolvanera que se rizaba sobre nuestras frentes. Los ojos y las luces abrasados huían a esconderse en la umbría de los cortinones. Los hombres disimulaban su inquietud con la seca sonrisa de sus pecheras blancas.

Monday, December 29, 2014

"Mientras el sol se pone" de José de la Cuadra


Saludos al grupo ¡Y qué me cuentas!

Para leer el cuento: Mientras el sol se pone por el autor ecuatoriano José de la Cuadra hagan clic aquí

¡Que disfruten la lectura!

Ramón

Monday, December 8, 2014

"El regalo de Inocencia" de Concha Espina

El Regalo de Inocencia

Concha Espina

Escuchen el cuento en este enlace: http://albalearning.com/audiolibros/espina/regalo.html

Inocencia hacía honor a su nombre: era inocente.

Con los ojos ávidamente abiertos sobre sus diez y ocho años campesinos, todos los misterios de la vida le ofrecieron su naturalismo salvaje, sin despertar en ella malicias ni sobresaltos. Las revelaciones habían sido tan bruscas y descarnadas para los ojos de la niña, que no hallaron tiempo de tocar a su alma con pérfidas insinuaciones refinadas y sutiles, como esas que muchas veces usa el espíritu del mal, valido de un engañoso ropaje de cultura y civilización, y apenas si la mozuela había pestañeado ante la atrocidad de brutalidades que miraba todos los días en una existencia áspera y dura.

‎Inocencia era guapa y era presumida, y a Inocencia le gustaban mucho los mozos y tenía muchas ganas de casarse... Todos estos gustos y deseos le hacían sonreír con una dilatada sonrisa bobalicona, que daba mucha risa a los demás.

Tuesday, November 18, 2014

"Los pastorcitos" de Leopoldo Lugones

LOS PASTORCITOS
Leopoldo Lugones

Pedro era un muchacho muy listo, aunque rústico pues había pasado siete de sus quince años guardando las ovejas de su padre, un pobre hombre con muchos hijos y cuya mujer vivía enferma.

Todos los hermanos de Pedro trabajaban, excepto el último, muy pequeño aún; así, no es de extrañar que el chico fuera tan serio como servicial, aunque no sabía leer ni tenía ideas sobre la civilización; en cambio poseía otras habilidades: silbaba muy bien imitando a todos los pájaros; manejaba la honda con singular destreza; conocía a fondo los senderos del bosque y los atajos de la montaña, y no había fruta cuyo sabor ignorase. Además, se sabía las flores de corrido, chapurreaba con bastante soltura el idioma del arroyo, que sea dicho de paso, era terriblemente embrollado cuando le daba a éste por meterse guijarros en la boca para tartamudear —al revés de Demóstenes;— le estimaban en todos los nidos por su honradez, y por su habilidad le temían en las colmenas. No esta demás añadir también que ordeñaba muy correctamente las ovejas cuando era menester, que nadie mejor que él podía dar noticia de los más suculentos pastos y de las más eficaces hierbas para curar los males de sus subordinadas. Estas, le correspondían con aquella beata docilidad a la cual deben el rango que ocupan en ciertas metáforas religiosas y literarias. Si Pedro conocía el balido de cada una, cada una conocía la voz de Pedro con encantadora perfección; y era para él una gloria cuando por las tardes regresaban al aprisco, contener sus veleidades de retozo e independencia, con amonestaciones y silbidos que introducían frecuentemente, porque hubo casos, aunque muy extraordinarios, de rebelión, en que la honda de Pedro debió funcionar para mantener el orden.

Saturday, November 8, 2014

"Once" de Sandra Cisneros

Eleven
Sandra Cisneros


Lo que la gente no entiende sobre los cumpleaños y lo que nadie te dice es que cuando tienes once años también tienes diez, y nueve, y ocho, y siete, y seis, y cinco, y cuatro, y tres, y dos, y uno. Y cuando te despiertas el día de tu décimo primer cumpleaños esperas sentirte como si tuvieras once años, pero no es así. Abres tus ojos y todo es igual que ayer, excepto que es hoy. Y no te sientes para nada como si tuvieras once años. Te sientes como si tuvieras todavía diez. Y los tienes, bajo el año que te hace tener once.

Como aquellos días en los que dirías algo estúpido, y esa es la parte que todavía tiene diez años. O tal vez algún día necesitarías sentarte en el regazo de tu madre porque tienes miedo, y esa es la parte de ti que tiene cinco. Y quizá un día, cuando ya seas mayor, quizá necesites llorar como si tuvieras tres años, y eso está bien. Es lo que le digo a mamá cuando está triste y necesita llorar. Tal vez se siente como si tuviera tres.

Y es que la forma en la que creces es algo así como una cebolla o los anillos dentro del tronco de un árbol o como mis pequeñas muñecas de madera que encajan una dentro de otra, cada año dentro de otro. Así es como es tener once años.

No sientes que tengas once años. No inmediatamente. Tienen que pasar unos días, semanas tal vez, a veces incluso meses antes de que digas Once cuando te preguntan. Y no te sientes tan inteligente como alguien de once años, no hasta que casi tienes doce. Así es.

Friday, November 7, 2014

" La serpiente de cascabel" de Hoarcio Quiroga

La serpiente de cascabel
Horacio Quiroga

La serpiente de cascabel es un animal bastante tonto y ciego. Ve ape nas, y a muy corta distancia. Es pesada, somnolienta, sin iniciativa alguna para el ataque; de modo que nada más fácil que evitar sus mordeduras, a pesar del terrible veneno que la asiste. Los peones correntinos, que bien la conocen, suelen divertirse a su costa, hostigándola con el dedo que dirigen rápidamente a uno y otro lado de la cabeza. La serpiente se vuelve sin ce sar hacia donde siente la acometida, rabiosa. Si el hombre no la mata, per manece varias horas erguida, atenta al menor ruido.
Su defensa es a veces bastante rara. Cierto día un boyero me dijo que en el hueco de un lapacho quemado -a media cuadra de casa- había una enorme. Fui a verla: dormía profundamente. Apoyé un palo en me- dio de su cuerpo, y la apreté todo lo que pude contra el fondo de su hueco. En seguida sacudió el cascabel, se irguió y tiró tres rápidos mordiscos al tronco, no a mi vara que la oprimía sino a un punto cualquiera del la pacho. ¿Cómo no se dio cuenta de que su enemigo, a quien debía atacar, era el palo que le estaba rompiendo las vértebras? Tenía 1,45 metros. Aunque grande, no era excesiva; pero como estos animales son extraordi nariamente gruesos, el boyerito, que la vio arrollada, tuvo una idea enor me de su tamaño.
Otra de las rarezas, en lo que se refiere a esta serpiente, es el ruido de su cascabel. A pesar de las zoologías y los naturalistas más o menos de oídas, el ruido aquel no se parece absolutamente al de un cascabel: es una vibración opaca y precipitada, muy igual a la que produce un desperta dor cuya campanilla se aprieta con la mano, o, mejor aún, a un escape de cuerda de reloj. Esto del escape de cuerda suscita uno de los porvenires más turbios que haya tenido, y fue origen de la muerte de uno de mis aguarás. La cosa fue así: una tarde de setiembre, en el interior del Chaco, fui al arroyo a sacar algunas vistas fotográficas. Hacía mucho calor. El agua, tersa por la calma del atardecer, reflejaba inmóviles las palmeras. Llevaba en una mano la maquinaria, y en la otra el winchester, pues los yacarés comenzaban a revivir con la primavera. Mi compañero llevaba el machete.
El pajonal, quemado y maltrecho en la orilla, facilitaba mi campa ña fotográfica. Me alejé buscando un punto de vista, lo hallé, y al afirmar el trípode sentí un ruido estridente, como el que producen en verano ciertas langostitas verdes. Miré alrededor: no hallé nada. El suelo estaba ya bastante oscuro. Como el ruido seguía, fijándome bien vi detrás mío, a un metro, una tortuga enorme. Como me pareció raro el ruido que ha cía, me incliné sobre ella: no era tortuga sino una serpiente de cascabel, a cuya cabeza levantada, pronta para morder, había acercado curiosamen te la cara.
Era la primera vez que veía tal animal, y menos aún tenía idea de esa vibración seca, a no ser el bonito cascabeleo que nos cuentan las Historias Naturales. Di un salto atrás, y le atravesé el cuello de un balazo. Mi com pañero, lejos, me preguntó a gritos qué era.
¡Una víbora de cascabel! le grité a mi vez. Y un poco brutalmen te, seguí haciendo fuego sobre ella hasta deshacerle la cabeza.
Yo tenía entonces ideas muy positivas sobre la bravura y acometida de esa culebra; si a esto se añade la sacudida que acababa de tener, se compren derá mi ensañamiento. Medía 1,60 metros, terminando en ocho cascabeles, es decir, ocho piezas. Este parece ser el número común, no obstante decir se que cada año el animal adquiere un nuevo disco.
Mi compañero llegó; gozaba de un fuerte espanto tropical. Atamos la serpiente al cañón del winchester, y marchamos a casa. Ya era de noche. La tendimos en el suelo, y los peones, que vinieron a verla, me enteraron de lo siguiente: si uno mata una víbora de cascabel, la compañera lo sigue a uno hasta vengarse.
-Te sigue, che, patrón.
Los peones evitan por su parte esta dantesca persecución, no incu rriendo casi nunca en el agravio de matar víboras.
Fui a lavarme las manos. Mi compañero entró en el rancho a dejar la máquina en un rincón, y en seguida oí su voz.
¿Qué tiene el obturador?
-¿Qué cosa? -le respondí desde afuera.
-El obturador. Está dando vueltas el resorte.
Presté oído, y sentí, como una pesadilla, la misma vibración estriden te y seca que acababa de oír en el arroyo.
-¡Cuidado! le grité tirando el jabón-. ¡Es una víbora de casca bel!
-Corrí, porque sabía de sobra que el animal cascabelea solamente cuando siente el enemigo al lado. Pero ya mi compañero había tirado má quina y todo, y salía de adentro con los ojos de fuera.
En esa época el rancho no estaba concluido, y a guisa de pared ha bíamos recostado contra la cumbrera sur dos o tres chapas de zinc. Entre éstas y el banco de carpintero debía estar el animal. Ya no se movía más. Di una patada en el zinc, y el cascabel sonó de nuevo. Por dentro era im posible atacarla, pues el banco nos cerraba el camino. Descolgué caute losamente la escopeta del rincón oscuro, mi compañero encendió el farol de viento, y dimos vuelta al rancho. Hicimos saltar el puntal que soste nía las chapas, y éstas cayeron hacia atrás. Instantáneamente, sobre el fondo oscuro, apareció la cabeza iluminada de la serpiente, en alto y mi rándonos. Mi compañero se colocó detrás mío, con el farol alzado para poder apuntar, e hice fuego. El cartucho tenía nueve balines; le llevaron la cabeza.
Sabida es la fama del Chaco, en cuanto a víboras. Había llegado en in vierno, sin hallar una. Y he aquí que el primer día de calor, en el interva lo de quince minutos, dos fatales serpientes de cascabel, y una de ellas den tro de casa…
Esa noche dormí mal, con el constante escape de cuerda en el oído. Al día siguiente el calor continuó. De mañana, al saltar el alambrado de la chacra, tropecé con otra: vuelta a los tiros, esta vez de revólver.
A la siesta las gallinas gritaron y sentí los aullidos de un aguará. Sal té afuera y encontré al pobre animalito tetanizado ya por dos profundas mordeduras, y una nube azulada en los ojos.
Tenía apenas veinte días. A diez metros, sobre la greda resquebrajada, se arrastraba la cuarta serpiente en dieciocho horas. Pero esta vez usé un palo, arma más expresiva y obvia que la escopeta.
Durante dos meses y en pleno verano, no vi otra víbora más. Después sí; pero, para lenitivo de la intranquilidad pasada, no con la turbadora fre cuencia del principio.


Acerca del autor.
Horacio Quiroga (Salto, Uruguay, 31 de diciembre de 1878 – Buenos Aires, Argentina, 19 de febrero de 1937), cuentista, dramaturgo y poeta uruguayo.

Sunday, November 2, 2014

"Desde el tronco de un ombú" de Eduardo Acevedo Díaz.

Hola a todos

Gracias Keatha por mandarme el link del cuento Desde el tronco de un ombú. Ya está  incluido en el blog para que puedan leerlo este miércoles que viene.

Para leer el cuento haga clic aquí.

Saludos.

Ramón Talavera

Monday, October 27, 2014

¿Quién muere?, de Pablo Neruda


¿Quién muere?

Pablo Neruda


Muere lentamente quien se transforma en esclavo del hábito,
repitiendo todos los días los mismos trayectos,
quien no cambia de marca,
no arriesga vestir un color nuevo
y no le habla a quien no conoce.

Muere lentamente quien hace de la televisión su gurú.
Muere lentamente quien evita una pasión,
quien prefiere el negro sobre blanco
y los puntos sobre las "íes" a un remolino de emociones,
justamente las que rescatan el brillo de los ojos,sonrisas de los
bostezos, corazones a los tropiezos y sentimientos.

Muere lentamente quien no voltea la mesa cuando está infeliz en el trabajo,
quien no arriesga lo cierto por lo incierto para ir detrás de un sueño,
quien no se permite por lo menos una vez en la vida,
huir de los consejos sensatos.
Muere lentamente quien no viaja, quien no lee, quien no oye música,
quien no encuentra gracia en si mismo.

Muere lentamente quien destruye su amor propio, quien no se deja ayudar.
Muere lentamente, quien pasa los días
quejándose de su mala suerte o de la lluvia incesante. 

Muere lentamente, quien abandona un proyecto antes de iniciarlo,
no preguntando de un asunto que desconoce
o no respondiendo cuando le indagan sobre algo que sabe. 

Evitemos la muerte en suaves cuotas, recordando siempre que estar vivo
exige un esfuerzo mucho mayor que el simple hecho de respirar.
Solamente la ardiente paciencia hará
que conquistemos una espléndida felicidad.

"Romance ce Sonámbulo", de Federico García Lorca

Romance sonámbulo
Federico García Lorca

Verde que te quiero verde.
Verde viento.
Verdes ramas.
El barco sobre la mar 

y el caballo en la montaña.
Con la sombra en la cintura
ella sueña en su baranda,

verde carne, pelo verde,
con ojos de fría plata.
Verde que te quiero verde.
Bajo la luna gitana,
las cosas le están mirando
y ella no puede mirarlas.

*

Verde que te quiero verde.
Grandes estrellas de escarcha,
vienen con el pez de sombra
que abre el camino del alba.
La higuera frota su viento 

con la lija de sus ramas,

y el monte, gato garduño,

eriza sus pitas agrias.

¿Pero quién vendrá?
¿Y por dónde...?

Ella sigue en su baranda,

verde carne, pelo verde,

soñando en la mar amarga.